Al día siguiente, Celina estaba en su habitación terminando de arreglarse para ir al centro comercial cuando su celular sonó. Miró la pantalla: era el número de César. Sin dudar, rechazó la llamada. El teléfono volvió a sonar. Volvió a rechazar. A la tercera vez, suspiró con irritación y contestó.
—¿Qué quieres, César? —dijo con frialdad.
—Buenos días para ti también, esposa —respondió él con un tono burlón.
—Ya no soy tu esposa —replicó, firme.
—Mientras lleves mi apellido, lo serás —retrucó é