Al final de la tarde, Celina y Zoe llegaron al edificio donde vivía Gabriel. Hacía días que ella intentaba hablar con él, pero Gabriel simplemente había desaparecido: no contestaba llamadas, no respondía mensajes. No podía ignorar el nudo que sentía en el pecho. Necesitaba verlo, necesitaba entender.
—¿Estás segura de que está en casa? —preguntó Zoe.
—No. Pero vamos a intentarlo —respondió Celina, decidida.
Subieron y, frente a la puerta, Celina tocó el timbre. El corazón le latía acelerado, la