La noche en Nueva York estaba especialmente fría. Un viento cortante se colaba entre los edificios, y la niebla cubría los callejones como un velo silencioso de amenaza. Celina salió del restaurante más tarde de lo habitual, envuelta en su abrigo oscuro, con los ojos cansados y los pensamientos revueltos. Tomó el metro como de costumbre y, al sentarse, se colocó los auriculares y escuchó música durante todo el trayecto. Al llegar a su barrio, notó que la calle estaba más desierta de lo normal.