Zoe asintió, limpiándose las lágrimas.
—No estás sola.
Celina sonrió por primera vez en horas.
—Lo sé. Y por eso todavía sigo en pie.
Pasado un tiempo, el timbre sonó. Zoe fue a atender. Era Roberto, de traje y con el semblante grave.
Celina apareció en el pasillo, con la maleta a su lado.
—Gracias por venir tan rápido.
—Cuéntame todo en el camino. Tatiana nos espera en casa.
Zoe corrió hacia Celina y la abrazó con fuerza.
—Ve con Dios, amiga mía. Vuelve pronto. Te esperaré. Vamos a estar en co