Estaba frustrada. Luigi y yo no habíamos hecho más que pelear, sobre todo porque él se negaba a recibirme en las visitas. La primera vez que lo vi en la cárcel dio todo por terminado, como si la sentencia lo hubiera sentenciado también a renunciar a nosotros. Pero yo no acepté su decisión; sabía que había actuado por impulso, que estaba cegado por el dolor y la impotencia. Por eso he seguido insistiendo una y otra vez, intentando reconstruir lo que la situación desmoronó.
El problema es que aún