Así pasamos el resto del día. Más que caminar, lo que hicimos fue conocernos mejor. Las horas se nos fueron volando y, cuando nos dimos cuenta, ya estaba oscureciendo. Él me invitó a cenar; nos dirigimos a un restaurante muy lindo y allí seguimos platicando mientras disfrutábamos de la comida. Era fácil notar cómo la vida de los dos se complementaba: ambos dedicados al trabajo, ambos con un ritmo de vida intenso.
Él era empresario prácticamente desde su nacimiento, y yo, por fin, había logrado