Había pasado una semana y Agatha no había visto a Leandro.
Su corazón cada vez estaba más roto, y las niñas del orfanato lo habían notado.
Esa noche, Leandro fue al orfanato para no encontrarse con ella. No podía verla sin romperse así que la estuvo evitando todo ese tiempo, pero ahora solo quería ver a sus niñas, a esas pequeñas que habían logrado sacar una sonrisa incluso de su peor versión.
Eran casi las nueve de la noche cuando entró. Las niñas estaban en el comedor.
Apenas lo vieron, corrieron hacia él.
—¡¡¡Tío Leandro!!!
Leandro sonrió y se agachó, abrazándolas con fuerza contra su pecho.
—¿Cómo están mis niñas? ¿Cómo se han portado?
—Bien. Te hemos extrañado, no habías venido —dijo una, haciendo un puchero.
—Es que he tenido mucho trabajo… —respondió con una sonrisa cansada—. Pero adivinen qué… les traje chocolates.
Las niñas gritaron felices cuando abrió la bolsa llena de barras.
—¡¡Gracias, tío!! —dijeron, abrazándolo otra vez.
Una de ellas lo miró con inocencia.
—Tío, ¿p