¿Podré dejarla ir?
La mañana amaneció tranquila en la cabaña. El fuego de la chimenea aún dejaba brasas rojas y el canto de los pájaros se colaba por la ventana. En la cama, Lissandro estaba desnudo, con Annabel acurrucada contra su cuerpo, como si nunca hubiera querido soltarlo. Su pierna descansaba sobre su pelvis, su brazo rodeaba su cintura y su rostro se apoyaba en su pecho, respirando suave.

Él permanecía despierto, con los ojos fijos en el techo, mientras acariciaba lentamente la piel suave de su espalda. A
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