La puerta del departamento se abrió con el sonido característico de las llaves girando. Joaquín fue el primero en entrar, con su paso relajado y los hombros tensos tras un día largo. A su lado, Lissandro caminaba en silencio, su mente todavía dando vueltas por lo que había descubierto sobre Vittorio. Pero el aroma que flotaba en el aire los detuvo de inmediato.
—¿Hueles eso? —murmuró Joaquín, alzando la nariz con fingido dramatismo—. ¿Es… ajo? ¿Albahaca? ¿Postre?
—A mí me huele a trampa —dijo L