Cristian entró al despacho con las manos en los bolsillos, su sonrisa ladina iluminando la habitación.
—Ya llegó el que extrañaban —soltó, guiñando un ojo.
Arthur, Joaquín y Lisandro levantaron la mirada desde el mapa extendido sobre el escritorio, con expresiones de exasperación.
—¿Qué demonios haces aquí, Cristian? —gruñó Lisandro, cruzando los brazos.
Cristian se dejó caer en una silla, estirando las piernas como si estuviera en su casa.
—Solo quería que vieran que no soy tan inútil como cre