El sol se filtraba por los ventanales de la cocina, bañando todo con un brillo dorado y tibio.
El aire olía a pan recién horneado, a fruta cortada y a café.
El pequeño Sebastián dormía plácidamente en su cochecito, arropado con una manta celeste, mientras tres voces femeninas llenaban el lugar de risas y murmullos.
Anna, Agatha y Lucía estaban reunidas alrededor de la isla central, cocinando juntas.
Era una de esas mañanas tranquilas que parecían un milagro después de tantas noches de tensión.