La mañana avanzaba lenta sobre la mansión San Marco.
El sol apenas asomaba entre las cortinas del despacho, iluminando los mapas y documentos extendidos sobre la gran mesa de roble.
El ambiente olía a café, a cuero, y a estrategia.
La guerra visible había terminado, pero la verdadera cacería recién comenzaba.
Lissandro, Leandro y Joaquín estaban reunidos frente a la pantalla principal del sistema de rastreo.
Los drones enviados durante la noche habían transmitido las últimas coordenadas, y ahora el mapa digital mostraba un trayecto irregular, una ruta que parecía diseñada para confundir.
El zumbido leve de los ventiladores y el clic de los teclados eran los únicos sonidos en la habitación.
Todos tenían el mismo gesto: concentrados, serios, sin margen de error.
Joaquín, apoyado sobre la mesa, hablaba mientras deslizaba los dedos por la pantalla táctil.
—Según las imágenes que capturó el dron —dijo con calma—, el bote se detuvo cerca del aeropuerto marítimo del norte.
Ahí lo esperaban d