El atardecer caía sobre la ciudad, tiñendo los edificios con tonos dorados y rosados.
Cristian caminaba con una elegancia natural, el smoking negro resaltando su porte y la confianza con la que siempre se movía.
A su lado, Luz lucía un vestido dorado de seda que brillaba con cada paso, ajustado a su figura, delicado y perfectamente elegante.
Su cabello caía en ondas suaves sobre los hombros, y en su rostro se dibujaba una sonrisa que combinaba emoción y nerviosismo.
Iban del brazo, caminando tranquilos por la alfombra del restaurante más exclusivo de la ciudad.
En el interior, una orquesta de cuerdas afinaba discretamente, y el aire estaba cargado de perfume, vino caro y murmullos emocionados.
—No puedo creer que Galadriel viniera a la ciudad —dijo Luz, con la voz llena de emoción—.
¿Sabes lo difícil que es conseguir una entrada para un concierto de ella?
Cristian sonrió, complacido de verla tan feliz.
—Lo sé, muñequita. Por eso compré los boletos apenas supe que vendría. Y no te preo