La lluvia no cesaba. El auto avanzaba por la carretera de los suburbios con los limpiaparabrisas marcando un compás frenético. Anna apenas veía el camino; las lágrimas empañaban sus ojos y el corazón le latía con tanta fuerza que sentía que le iba a romper el pecho. Solo quería huir. Huir de la verdad que había escuchado con sus propios oídos, de las imágenes de Leandro y Lissandro enfrentados, de la traición que la perseguía en cada respiración.
Cuando por fin reconoció la calle de la casa de