Días después
El silencio en la guarida de Ferrer fue interrumpido por el sonido apresurado de botas.
Rinaldi irrumpió en el salón con una sonrisa triunfal. Sudaba, pero no era miedo: era emoción.
—¡Jefe! ¡Tenemos algo!
Vittorio levantó la vista desde su cigarro, con los ojos entornados y la mandíbula marcada por el insomnio.
—¿Qué cosa? ¿Alguien cazó a Lissandro?
—No, señor. Esa estrategia no funcionó. Nadie quiso meterse con San Marco. Apenas pusimos el aviso, fue bloqueado por un pez más gran