Los días pasaban, y con ellos, las heridas empezaban a sanar.
No solo las físicas, sino también las que se habían enterrado en lo más profundo del alma.
Anna se había despertado esa mañana con menos dolor.
Los médicos habían retirado las vendas de su cabeza, dejando solo un pequeño parche en la sien derecha, donde el golpe había abierto una herida.
Su rostro, ya sin la hinchazón que antes lo cubría, volvía a parecerse al de siempre: dulce, valiente, hermoso.
Lissandro estaba ahí cuando despertó