Dos días después, el cielo sobre la costa de Cerdeña estaba cubierto por un manto de nubes densas.
La brisa marina traía el olor a sal y a tormenta, como si incluso el clima presintiera lo que iba a ocurrir.
El mar se movía oscuro, violento, bajo el reflejo pálido de la luna.
Las tropas de Lucien Moretti se habían desplegado durante toda la jornada.
Cada movimiento, cada silencio, cada sombra, estaba milimétricamente calculado.
No había espacio para el error.
En la bahía, un conjunto de lanchas