Agatha estaba en el orfanato, pero su mente no dejaba de dar vueltas.
Al terminar sus tareas, decidió ir al centro comercial.
La mansión de Leandro era elegante, sí, pero fría, sin alma.
Quizás si le daba su toque, se sentiría más… viva.
Pasó por varias tiendas: compró jarrones, cuadros, floreros, algunas telas.
Cada cosa que elegía tenía color, calidez, vida.
Al llegar a la mansión, lo hizo antes que Leandro.
—Señora… —la saludó el ama de llaves.
—Señorita —corrigió Agatha con una sonrisa—, no