La lluvia comenzó como un roce tímido contra los ventanales del departamento de Anna y, en cuestión de minutos, se volvió un rumor constante que parecía envolverlo todo. La ciudad, allá abajo, brillaba en charcos y luces rojas intermitentes; el tráfico parecía un río lento arrastrando sus propios secretos. Lissandro permanecía en la cama, acurrucado en la espalda de Anna, con un brazo rodeando su cintura. Le gustaba la forma en que encajaban, como si el cuerpo de ella hubiera sido pensado para