Lissandro no volvió a mencionar nada acerca de la nieve en los días siguientes. Guardó silencio como se guarda un tesoro: con cuidado y con un brillo secreto en la mirada cada vez que pensaba en ello.
Mientras Anna se dedicaba a su rutina —el trabajo, las tardes con Lucía, las noches donde terminaban siempre enredados entre sábanas y promesas que no necesitaban voz—, él se encargó de preparar cada detalle en la sombra.
La cabaña en las montañas llevaba años siendo uno de sus refugios. Ahí había