La luz roja de la esperanza.
El despacho de Lissandro estaba envuelto en humo.
La noche había caído hacía horas, pero nadie lo había notado. Las luces de la ciudad brillaban a través del ventanal, indiferentes al infierno que se vivía dentro.
Joaquín se levantó del laptop con un movimiento torpe y cansado. Caminó hasta el sofá y se dejó caer, apoyando los codos sobre las rodillas. Sus manos colgaban sin fuerza, como si ya no supieran qué hacer.
Estaba agotado.
—Hemos destruido todas las organizaciones conectadas a Bruno… —