La luz roja de la esperanza.
El despacho de Lissandro estaba envuelto en humo.
La noche había caído hacía horas, pero nadie lo había notado. Las luces de la ciudad brillaban a través del ventanal, indiferentes al infierno que se vivía dentro.
Joaquín se levantó del laptop con un movimiento torpe y cansado. Caminó hasta el sofá y se dejó caer, apoyando los codos sobre las rodillas. Sus manos colgaban sin fuerza, como si ya no supieran qué hacer.
Estaba agotado.
—Hemos destruido todas las organizaciones conectadas a Bruno… —dijo, con la voz rota— Y no hay ningún rastro de Anna ni de Lucy.
Se pasó una mano por el rostro, intentando contener las lágrimas que le quemaban los ojos.
—Ya no sé qué hacer…
Lissandro permanecía de pie junto a la ventana, fumando en silencio. La ciudad se extendía bajo sus pies como un tablero que había aprendido a dominar… pero esta vez, ni todo su poder servía de nada.
—Estas semanas han sido un infierno —dijo Lissandro— El aroma de Anna casi desapareció de su ropa… de su almohada… Debo en