El calabozo no era como los que Anna había imaginado.
No había ratas ni cadenas colgando de las paredes. No había humedad visible ni gritos constantes. Era, incluso, demasiado limpio. Demasiado ordenado. Demasiado cómodo para el horror que se respiraba dentro.
Había cuatro camas individuales, alineadas contra las paredes de concreto. Un pequeño lavamanos oxidado. Una ventana alta con barrotes gruesos, por donde apenas entraba la luz del día y, algunas noches, la luna.
Ahí estaban ellas.
Dos mujeres jóvenes, un poco mayores que Anna, abrazándose a sí mismas como si eso pudiera impedir que el mundo las tocara.
Y un hombre, silencioso, con la mirada perdida, siempre sentado en la esquina más oscura.
Y Anna.
Sentada en su cama, con las rodillas recogidas contra el pecho, los brazos rodeándolas con fuerza. Tenía frío, aunque el lugar no lo estaba. El miedo se le había metido en los huesos.
Cada cierto tiempo, la puerta se abría.
Y alguien era llamado.
Primero una de las mujeres.
Volvía hor