El calabozo no era como los que Anna había imaginado.
No había ratas ni cadenas colgando de las paredes. No había humedad visible ni gritos constantes. Era, incluso, demasiado limpio. Demasiado ordenado. Demasiado cómodo para el horror que se respiraba dentro.
Había cuatro camas individuales, alineadas contra las paredes de concreto. Un pequeño lavamanos oxidado. Una ventana alta con barrotes gruesos, por donde apenas entraba la luz del día y, algunas noches, la luna.
Ahí estaban ellas.
Dos muj