La noche había caído sobre la isla.
El viento arrastraba el eco del mar contra los muros de piedra, y en el interior de la mansión solo se escuchaba el murmullo del fuego en las lámparas de aceite.
Anna estaba sentada en la cama, con las muñecas apretadas por las cadenas, la respiración contenida.
Los grilletes apretaban sus tobillos haciéndoles heridas.
El cerrojo giró.
El chirrido metálico hizo que su cuerpo se tensara.
Renzo entró con paso lento, sin camisa, solo un pantalón de pijama oscuro