La noche había caído sobre la isla.
El viento arrastraba el eco del mar contra los muros de piedra, y en el interior de la mansión solo se escuchaba el murmullo del fuego en las lámparas de aceite.
Anna estaba sentada en la cama, con las muñecas apretadas por las cadenas, la respiración contenida.
Los grilletes apretaban sus tobillos haciéndoles heridas.
El cerrojo giró.
El chirrido metálico hizo que su cuerpo se tensara.
Renzo entró con paso lento, sin camisa, solo un pantalón de pijama oscuro.
Llevaba una sonrisa torcida, fría, que helaba la sangre.
—Hola, Anna —dijo con voz rasposa, degustando cada palabra—.
Lo prometido es deuda.
El corazón de Anna se congeló.
Retrocedió sobre la cama, intentando cubrirse con las sábanas, pero las cadenas tintinearon y delataron su miedo.
Renzo avanzó con calma, como un lobo jugando con su presa.
Su mirada era oscura, vacía de humanidad.
—Te lo advertí —murmuró, subiendo lentamente una mano hacia ella—.
Hoy vas a entender quién manda aquí.
Anna ne