La calma antes de la tormenta.
El despacho de Lissandro estaba en penumbra, iluminado apenas por la lámpara del escritorio y el reflejo ámbar del whisky en los vasos. El murmullo lejano de risas desde el salón no lograba atravesar del todo aquellas paredes gruesas; allí dentro, el ambiente era distinto. Más denso. Más serio.
Solo hombres.
Lissandro estaba de pie junto a la ventana, mirando la noche como si esperara que de la oscuridad emergiera una respuesta. Giró el vaso lentamente entre los dedos antes de beber un trago la