Anna entró a su habitación con pasos tambaleantes, el corazón aún acelerado. Se dejó caer sobre la cama, abrazando la almohada con fuerza. Su mente era un torbellino, un vaivén de culpa y deseo.
Entonces, recordó.
Se incorporó de golpe, abrió el cajón más escondido de su tocador y sacó el pequeño papel arrugado que había guardado con recelo. La nota que encontró aquel día en su departamento, que había leído tantas veces en silencio.
La desplegó con manos temblorosas. La tinta, ya un poco desvaí