El orfanato estaba en calma.
La noche avanzaba con el murmullo de los niños durmiendo, y el olor a desinfectante recién aplicado llenaba los pasillos.
Leandro estaba en la consulta médica, levantando frascos y papeles que habían quedado desordenados.
El sonido de unos tacones interrumpió el silencio.
Agatha apareció en el marco de la puerta, los brazos cruzados y una ceja arqueada.
—¿Qué haces aquí, animal? —preguntó con su habitual tono mordaz.
Leandro ni siquiera levantó la vista.
—Mañana vue