La puerta del departamento se cerró suavemente detrás de ellos.
El sonido metálico del cerrojo fue lo único que rompió el silencio.
Lucciano caminó unos pasos hacia el interior, dejando la pequeña maleta junto a la entrada.
El lugar era amplio, luminoso y ordenado, con el aroma inconfundible a madera y café recién molido.
Detrás de él, Aida avanzaba despacio.
Sus manos estaban entrelazadas al frente, los dedos apretándose con nerviosismo.
Sus ojos recorrían el lugar con timidez, como si temiera