La tarde había comenzado tranquila en el orfanato.
Las risas de los niños se escuchaban desde el comedor, donde Lissandro había instalado un nuevo proyector.
Las pequeñas estaban sentadas en fila, con bolsas de palomitas y ojos brillantes mientras comenzaba la película.
Anna lo miraba desde la puerta, con esa sonrisa dulce que solo él lograba arrancarle.
—Míralas… parecen tan felices —susurró.
—Así deben estar siempre, pequeña —respondió Lissandro, acariciándole el rostro—.
Felices, seguras, si