El eco de los disparos ya no se escuchaba.
El silencio del refugio era tan denso que solo se oían las respiraciones rápidas y los latidos acelerados.
El espacio estaba iluminado por luces tenues empotradas en las paredes.
Había literas, mantas y cajas con comida y agua; todo estaba impecablemente ordenado, como si Lissandro hubiera preparado aquel lugar previendo cada detalle.
Anna se encontraba sentada en el suelo, rodeada por un grupo de niñas que aún temblaban.
Les hablaba con voz baja, acar