La puerta de la oficina del nuevo dueño se cerró con un golpe sordo.
Leandro San Marco estaba de pie frente al escritorio, los puños apretados, los documentos aún calientes entre sus manos.
Sus ojos grises recorrían cada línea del contrato y los anexos, y con cada palabra su ceño se fruncía más.
“Renuncias voluntarias. Plazo efectivo: 30 días. Personal médico y administrativo completo.”
Y al final, todas firmadas y selladas con la misma rúbrica: Dra. Agatha Martín.
El rugido le salió del pecho.