La luz blanca de la clínica contrastaba con el caos que habían dejado atrás.
El sonido del monitor cardíaco era el único ruido constante, acompañando el leve murmullo del viento que entraba por la ventana entreabierta.
Anna descansaba sobre la camilla, una venda blanca cubría su frente.
Su piel, pálida por el cansancio, reflejaba la calma después de la tormenta.
El médico revisó sus signos por última vez antes de girarse hacia Lissandro, que no se había movido de su lado en ningún momento.
—Bue