La luz blanca de la clínica contrastaba con el caos que habían dejado atrás.
El sonido del monitor cardíaco era el único ruido constante, acompañando el leve murmullo del viento que entraba por la ventana entreabierta.
Anna descansaba sobre la camilla, una venda blanca cubría su frente.
Su piel, pálida por el cansancio, reflejaba la calma después de la tormenta.
El médico revisó sus signos por última vez antes de girarse hacia Lissandro, que no se había movido de su lado en ningún momento.
—Bueno, señor San Marco —dijo con una sonrisa tranquila—. La señora está bien. Solo tiene una pequeña contusión en la cabeza y algunos golpes leves. Nada de cuidado. No está deshidratada ni presenta heridas graves. Nada que cariño y reposo no puedan curar.
Lissandro asintió, soltando el aire que no se había dado cuenta de estar conteniendo.
—Gracias, doctor.
—De nada. Voy a dejarles un momento a solas —dijo el médico, retirándose discretamente y cerrando la puerta tras de sí.
El silencio llenó la ha