Mientras tanto, horas después, Dionisio seguía en su despacho, estaba recostado en su gran silla de cuero, mirando el techo con los ojos enrojecidos y el vaso de bourbon medio vacío temblando en su mano. Ya se había limpiado las lágrimas y los mocos con unas toallas húmedas que tenía en un cajón.
Escuchó un leve golpe en la puerta.
—¿Qué? —gruñó con voz ronca.
Emiliano, su amigo veterinario, se asomó la cabeza, con su bata blanca manchada de tierra y chispitas de sangre seca de un parto recient