La motocicleta rugió al entrar en el distrito industrial, un borrón negro cortando la cortina de lluvia.
Mirela no conducía; pilotaba. Tomaba las curvas cerradas entre fábricas abandonadas inclinando la máquina casi hasta rozar el asfalto, desafiando a la física con reflejos que no eran humanos. Kogan, aferrado a su cintura, sentía cada bache y, sobre todo, sentía cómo el aire se volvía más denso.
No era presión atmosférica. Era el Ruido.
Cuanto más se acercaban a la entrada de la Zona Cero, má