Despacho Oval del Palacio de Hierro. 10:15 AM.
Kogan no gritaba. Kogan susurraba, y eso era mucho peor.
Estaba apoyado en el borde de su escritorio, con un vaso de whisky en la mano que no pensaba beber. El líquido temblaba ligeramente, no por su pulso, sino por la energía estática que emanaba de su cuerpo. Dante Volkov estaba de pie frente a él, firme, mirando un punto fijo en la pared, aguantando el chaparrón.
—Ayer perdí un millón de dólares en hormigón, Dante —dijo Kogan, con voz suave y pe