El ascensor de servicio del Hotel Vane se deslizaba hacia el subsuelo, no como una máquina, sino como un ataúd de acero descendiendo a una cripta. Eran cuarenta pisos de caída suave. Tiempo suficiente para que Kogan, a pesar de su orgullo de lobo, sintiera el peso aplastante de estar encerrado con una criatura que medía el tiempo en dinastías, no en años.
Kogan observó a Mirela Basarab. Bajo la luz cruda de los halógenos, su piel no parecía humana. Tenía la textura del cemento pulido y la fria