La mansión de los Lobos de Sangre no estaba diseñada para ser acogedora, sino para intimidar. Todo era madera oscura, techos altos que se tragaban la luz y un silencio que pesaba. En el comedor principal, tres personas se sentaban a una mesa lo suficientemente larga para veinte. No había ni un solo gramo de plata a la vista. Los cubiertos eran de oro blanco macizo y los platos de cerámica negra importada. La plata quemaba la piel de un lycan al contacto, y Valeria Rozen no toleraba errores de etiqueta, mucho menos los que podían matar a sus invitados. Valeria, la matriarca, cortó su filete —apenas cocinado, sangrando sobre la cerámica— con una precisión quirúrgica. —Tu apetito parece... disminuido, Dante —dijo ella sin levantar la vista. Al otro lado de la mesa, Dante Volkov, el líder de los Crecientes empujó su plato con desdén. Dante era un hombre que ocupaba mucho espacio; ancho de hombros, ruidoso al respirar, vestido con un traje caro que parecía a punto de estallar por las c
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