El pasado no era una línea recta; era un laberinto de espejos distorsionados que siempre, sin importar la ruta elegida, conducía a la misma figura paterna: el doctor Alberto Santoro.
Habían pasado dos semanas desde la fatídica noche en la montaña. Las heridas físicas de Bruno sanaban con lentitud en un piso franco de la capital, pero las cicatrices invisibles que compartían se habían vuelto el cemento de su nueva y frágil realidad. Valeria ya no podía huir de la oscuridad; había comprendido que,