La cabaña en el límite de la cordillera era el último refugio que les quedaba. Valeria miraba a través del cristal empañado cómo los copos de nieve caían con una furia implacable, sepultando el paisaje bajo un manto blanco y asfixiante. Hacía apenas tres días que el pasado de Bruno —el nombre que se negaba a morir— los había alcanzado en la ciudad, obligándolos a huir hacia el norte. La tregua que ella había pedido para procesar la verdad se había disuelto bajo la urgencia de la supervivencia.