La medianoche sobre la colina de los Santoro trajo consigo una niebla espesa y fantasmal que reptaba desde el bosque, engulliendo los jardines y difuminando los haces de luz de las cámaras de seguridad. En el ala oeste de la mansión, el silencio no era de paz, sino el preludio de una ejecución. El aire dentro de la propiedad se sentía cargado de estática, como si las paredes, que habían albergado décadas de secretos y experimentos crueles, supieran que la dinastía del terror estaba a punto de i