El amanecer en La Promesa no trajo la paz esperada, sino una tregua engañosa teñida de oro y ceniza. Valeria permanecía de pie en el centro del patio destruido, con la silueta recortada por los primeros rayos del sol de la mañana. A sus pies, el cuerpo sin vida de Bruno comenzaba a perder el último rastro de calor humano. El dolor que experimentaba no era una herida punzante; era un vacío absoluto, una parálisis del alma que le recordaba el silencio de sus dos años en coma. Pero esta vez no est