La verdad no solo tenía el poder de desmoronar el presente, sino también de reescribir la memoria de los muertos. Tras abandonar las ruinas del orfanato, Valeria y Bruno se habían refugiado en una pequeña cabaña costera, un lugar escondido entre acantilados donde el rumor del mar embravecido camuflaba sus propios silencios. Las revelaciones sobre los experimentos del doctor Alberto Santoro habían dejado una herida abierta en el pecho de Valeria, pero el laberinto familiar aún guardaba un último