El olor a desinfectante y a flores marchitas siempre sería, para Valeria, el aroma del limbo. Habían pasado tres meses desde que despertó del coma, tres meses intentando encajar las piezas de un mundo que había seguido girando sin ella durante casi dos años. Pero esa noche, en el ático de la vieja casona de Damián —el lugar que ahora llamaban hogar—, el pasado no solo llamó a la puerta; derribó las paredes.
Damián no estaba. Había salido de urgencia tras una llamada misteriosa, dejándola a sola