Mundo ficciónIniciar sesión‿‿‿‿
El sedante que Rafael le había dado no pudo detener la avalancha de la verdad. En la mente de Valeria, el presente se desvanecía como sal en agua, y la lluvia de hace quince años comenzó a caer otra vez, fría, pesada y cargada de tragedia.
La noche de la fuga, la hacienda "La Promesa" estaba que ardía. Los relámpagos iluminaban de forma intermitente el despacho de su padre, Don Aurelio, un hombre cuya sombra pesaba tanto como su mano. Valeria sabía que lo que hacía era una condena social, pero eso no le importaba.
Con las manos temblando, Valeria giró la combinación de la caja fuerte oculta tras el retrato familiar. No era por avaricia; era por supervivencia. Era consciente de que su padre jamás la dejaría ir sin luchar, y Bruno no tenía más que su fuerza de trabajo. Necesitaban ese dinero para desaparecer, para comprar una vida donde su apellido no fuera una carga.
—¿Lo tienes? —susurró Bruno desde el marco de la ventana, con la lluvia empapándole la camisa.
Valeria asintió, guardando los fardos de billetes en un bolso de lona. Sus miradas se cruzaron por un instante, y en ese momento, se selló un pacto de sangre. Saltaron por la ventana hacia el barro del jardín, corriendo hacia la vieja camioneta que Bruno había escondido entre los arbustos, lejos del camino principal.
El motor tosió, luchando contra la humedad, hasta que por fin rugió. Bruno cambió a marcha y salieron disparados, dejando atrás las luces de la hacienda que, en el retrovisor, parecían ojos amarillos observando su huida.
La carretera era una cinta de asfalto negro y traicionero. La visibilidad era casi nula; los limpiaparabrisas apenas podían con el diluvio.
—Lo vamos a lograr, Vale —dijo Bruno, apretando el volante con una mano y buscando la de ella con la otra—. Para el amanecer estaremos lejos de aquí.
Valeria sonrió, sintiendo por primera vez el peso del reloj de bolsillo en su regazo. Pero esa sonrisa se congeló al ver luces brillantes en el retrovisor. No eran las luces de un coche cualquiera; eran potentes, agresivas, y se acercaban a una velocidad letal.
—¡Bruno, cuidado! —gritó ella.
El vehículo que los perseguía, un sedán negro de gran cilindrada, no intentó adelantarles. Los embistió por detrás, una vez, y luego otra, con la intención clara de sacarlos del camino. El impacto hizo que la cabeza de Valeria se estrellara contra la ventanilla. El mundo comenzó a girar.
En un instante de aterradora claridad, justo antes del impacto definitivo, el coche atacante se puso a su lado. Valeria giró la cabeza y, a través del cristal empañado y la lluvia, vio un perfil familiar tras el volante. La mandíbula tensa, los ojos fijos en la carretera con una frialdad inhumana.
—Es Rafael... —susurró Valeria, pero su voz se ahogó en el estruendo del metal retorciéndose.
La camioneta dio una vuelta de campana, saliéndose de la carretera y cayendo por un terraplén hasta quedar volcada contra un viejo árbol. El silencio que siguió fue más aterrador que el estruendo.
El escudo de la desgracia
Valeria sentía un calor líquido bajando por su frente: sangre. Estaba atrapada, el cinturón de seguridad la asfixiaba. A su lado, Bruno se movía lentamente, gimiendo de dolor. Con un esfuerzo titánico, él logró patear la puerta abollada y salir.
—Valeria... aguanta... te sacaré de aquí —su voz era un hilo quebrado.
Él la arrastró fuera del amasijo de hierro. El frío de la lluvia golpeó su rostro, manteniéndola en un estado de semiconsciencia. Bruno la dejó sobre la hierba empapada, protegiéndola con su propio cuerpo.
—Todo estará bien, mi vida...
De repente, escucharon un crujido de pasos sobre la grava. Bruno se tensó y comenzó a girarse, pero no fue lo suficientemente rápido. Un golpe seco y metálico resonó en el aire. Valeria vio, como en cámara lenta, cómo Bruno caía de rodillas y luego de bruces contra el lodo, inconsciente o muerto.
—¡No! —quiso gritar ella, pero solo salió un gemido sordo.
Una figura se detuvo sobre ellos. Con la vista nublada, Valeria alcanzó a ver una mano extendiéndose para recoger el bolso con el dinero. En el dedo anular de esa mano, brillaba un anillo de oro macizo con un escudo familiar tallado: un halcón con las alas extendidas. El emblema de la familia de Rafael.
Valeria intentó alcanzar la bota del agresor, pero una oscuridad total la reclamó antes de que pudiera ver su rostro por completo.
Cuando Valeria abrió los ojos días después del accidente —creyendo que era su primer despertar—, no se encontró con el rostro de Bruno, sino con la mirada gélida de su padre, Don Aurelio, y la constante presencia de Rafael a su lado.
El dolor físico era abrumador, pero las palabras que salieron de la boca de su padre fueron las que realmente la destrozaron.
—Eres una vergüenza, Valeria —dijo él, sin una pizca de compasión—. Robaste mi dinero y escapaste con ese animal.
—¿Dónde está Bruno? —logró preguntar ella, con los labios agrietados.
Rafael dio un paso adelante, tomando su mano con una falsa ternura que ahora, quince años después, Valeria identificaba como veneno.
—Él se fue, Valeria. Cuando el coche volcó, él tomó el bolso con el dinero y huyó. Te dejó allí, atrapada en el metal, desangrándote. Si no hubiera pasado por esa carretera por casualidad, estarías muerta. Nunca te amó; solo quería acceder a la caja fuerte.
—No... eso es mentira... él me sacó del coche —sollozó ella.
—Los peritajes dicen lo contrario —intervino su padre con voz de trueno—. Tú ibas conduciendo, Valeria. Estabas borracha de rebeldía. Tú causaste el accidente. Bruno te usó como escudo y luego te desechó como basura. No quiero volver a oír su nombre en esta casa. A partir de hoy, estás muerta para mí. Solo Rafael ha tenido la decencia de quedarse a limpiar tus desastres.
Valeria miró a Rafael. Él le sonrió con tristeza, una sonrisa que no llegaba a los ojos. En ese instante, la joven Valeria, rota y manipulada, creyó la mentira. Creyó que el amor de su vida era un ladrón y que ella era una asesina de sus propios sueños.
Valeria se incorporó en la cama de la mansión actual, jadeante. El sudor le empapaba la camisa de seda. El recuerdo era tan vívido que casi podía oler el barro de aquella noche.
Miró su mano. El anillo de matrimonio de Rafael brillaba con un destello maligno. Ahora lo entendía. Rafael no la había salvado; la había cazado. La había mantenido en coma, o quizás el destino lo hizo por ella, pero él se encargó de reescribir la historia sobre las cenizas de su memoria.
—Bruno no me dejó —susurró Valeria en la oscuridad de la habitación—. Tú lo mataste.
Se levantó de la cama, con las piernas aún débiles pero impulsada por una furia que no conocía límites. Se acercó a la ventana y miró hacia los jardines perfectamente podados. Rafael creía que ella seguía siendo la joven rota de hace quince años. No sabía que la Valeria que acababa de despertar no buscaba recuerdos, sino justicia.
Un pequeño destello le llamó la atención desde el borde del bosque que rodeaba la propiedad. Alguien estaba allí, oculto entre los árboles, observando la casa con unos binoculares. Por un breve instante, la luz de la luna iluminó un objeto que el desconocido sostenía en su mano antes de guardarlo.
Era un círculo plateado. Un reloj de bolsillo.
Valeria sintió que el corazón se le paraba. Si Bruno estaba muerto, ¿quién sostenía su reloj? ¿O era que las mentiras de Rafael eran aún más profundas de lo que había imaginado?
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