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Capítulo 5: El Hombre que no debería existir

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La mansión de Rafael estaba hecha para ser transparente: con paredes de cristal, espacios amplios, y cámaras de seguridad que giraban haciendo un suave zumbido. Sin embargo, Valeria había aprendido que incluso el cristal más puro puede tener grietas donde se esconde la verdad.

En los últimos días, Valeria se había convertido en una actriz de primera. Delante de Rafael, adoptaba la fragilidad de una enferma, aceptando sus caricias con una sumisión ensayada y evitando su mirada cuando él hablaba de su "maravilloso futuro juntos". Pero en cuanto él se iba a su oficina en la ciudad, ella empezaba su verdadera tarea: reconstruir el rompecabezas de su vida.

Lo que buscaba lo encontró en la biblioteca, escondido en un doble fondo de una caja de archivos que Rafael consideraba irrelevante. Eran recortes de prensa de hace quince años, amarillentos y con ese olor a papel viejo que parece guardar secretos más celosamente que las personas.

El primer titular la golpeó en el estómago:

"TRAGEDIA EN LA PROMESA: HIJA DE MAGNATE CAUSA ACCIDENTE Y HUYE CON EL HIJO DE LA SERVIDUMBRE"

Valeria leyó el artículo con las manos temblando. El texto describía una versión de los hechos que ella sabía que era falsa, pero que el mundo entero había aceptado como la única verdad. Decía que Valeria había conducido bajo los efectos del alcohol, que su "amante", Bruno, había sido visto huyendo de la escena con una mochila llena de dinero, y que la policía lo buscaba por complicidad en robo y omisión de socorro.

Había una foto de ella en una camilla, cubierta de sangre, y otra de un Bruno borroso, tomada de algún documento laboral. Lo más doloroso fue leer lo que su padre había declarado: "No tengo hija. Ella eligió su destino entre el barro". Y, por supuesta, la frase de Rafael: "Haré todo lo que esté en mi mano para cuidar de Valeria y limpiar el honor de esta familia".

—Limpiar el honor —susurró Valeria, sintiendo una creciente náusea—. O enterrar la verdad.

Según el informe final, el caso se cerró cuando Bruno "desapareció" sin dejar rastro. La policía asumió que había cruzado la frontera con el dinero. Rafael se había asegurado de que nadie hiciera más preguntas.

Valeria sabía que no podía quedarse encerrada. Necesitaba aire que no pasara por los pulmones de Rafael. Con la excusa de visitar una tienda de antigüedades para "redescubrir sus gustos", convenció al chófer —un hombre mayor llamado Esteban, que parecía tener un destello de bondad en sus ojos— de que la dejara en una zona comercial concurrida de la ciudad durante una hora.

—No le digas al señor Rafael que me bajé aquí, Esteban —le pidió, sosteniendo su mirada—. Solo necesito un momento para sentirme normal.

Esteban dudó, pero finalmente asintió. —Tienes una hora, señora. Estaré esperando en la esquina.

Valeria caminó con el corazón en la garganta. El ruido de la ciudad era abrumador, pero sus pies la llevaron instintivamente hacia un pequeño café de fachada rústica, el tipo de lugar que Bruno habría elegido. Se sentó en una mesa apartada, con el rostro medio cubierto por unas gafas de sol y una bufanda de seda.

Fue entonces cuando lo vio.

En la mesa del rincón opuesto, un hombre estaba sentado frente a un café negro. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada y leía unos documentos. Al principio, Valeria pensó que su mente le estaba jugando una mala pasada, que el deseo de ver a Bruno había proyectado su imagen en un extraño.

Pero el perfil era inconfundible. La línea de la mandíbula, la forma en que sus cejas se fruncían al concentrarse. Sin embargo, no era el joven Bruno que ella recordaba. Este hombre tenía un aspecto más robusto, más duro. Su rostro estaba marcado con una fina cicatriz que le iba desde la sien hasta el pómulo, una marca que parecía haber sido tallada por el cristal o el fuego. Sus ojos ya no tenían el brillo soñador que solía tener; eran pozos de una frialdad glacial.

Valeria sintió que el mundo se detenía. El aire parecía escasear. Bruno está vivo.

El hombre cerró su carpeta y se levantó. Su movimiento era ágil, casi militar. Impulsada por una fuerza que no sabía que tenía, Valeria dejó unos billetes sobre la mesa y salió tras él. Lo siguió a una distancia prudente mientras él caminaba hacia un área de oficinas menos transitada.

Él se detuvo frente a un edificio de despachos de abogados y consultorías de seguridad. En la placa de la entrada, Valeria leyó un nombre: "Damián Ferrer - Consultoría de Riesgos".

Antes de entrar, el hombre se detuvo en seco. No se volvió, pero Valeria sintió que él sabía que ella estaba allí. Se quedó congelada en medio de la acera, con el alma en un hilo.

Él giró lentamente. Sus ojos se encontraron con los de ella. Por un segundo, solo un segundo, la máscara de frialdad de aquel "Damián Ferrer" se rompió, y Valeria vio al chico que le había prometido que el tiempo no existía. Fue una mirada de reconocimiento tan profunda que le dolió en los huesos. Él la reconoció al instante, a pesar de los quince años, del hospital, y de Rafael.

No dijo una palabra. No podía. En ese lugar, en ese mundo donde Rafael tenía oídos en todas partes, las palabras eran peligrosas.

Damián metió la mano en su bolsillo. Miró a ambos lados de la calle y, con un movimiento calculado, sacó algo y lo dejó caer sobre un banco de madera junto a la entrada del edificio. Luego, sin decir nada más, entró en la oficina y cerró la puerta tras de sí.

Valeria se acercó al banco, sintiendo que sus piernas podían rendirse en cualquier momento. Allí, sobre la madera desgastada, había un reloj de bolsillo.

Con manos temblorosas, lo tomó. Era idéntico al de sus recuerdos. Con los mismos motivos florales en la tapa de plata, aunque este estaba abollado y el cristal de la esfera roto, con las manecillas detenidas para siempre a las 10:14. La hora exacta del accidente.

Al abrirlo, vio algo que no estaba en el reloj original. En el interior de la tapa, alguien había rayado con un objeto punzante una sola palabra: "VIVE".

Valeria apretó el reloj contra su pecho, sintiendo el metal frío contra su piel. Bruno no la había dejado. Bruno no era un ladrón. Había sobrevivido al ataque de Rafael, había cambiado su nombre y se había convertido en alguien capaz de resistir. Damián Ferrer no era un fantasma; era un hombre esperando su momento.

—Señora Valeria, el tiempo se ha agotado.

La voz de Esteban, el chófer, la sobresaltó. Estaba a pocos metros de ella, mirándola con una mezcla de preocupación y advertencia.

—Debemos irnos. El señor Rafael ha llamado dos veces preguntando por qué el GPS del coche no se ha movido de la esquina.

Valeria guardó el reloj roto en su bolso, ocultándolo como si fuera un arma cargada. —Vámonos, Esteban.

Durante el camino de regreso, Valeria no miró por la ventana. Su mente estaba en el edificio de Damián Ferrer. Ahora sabía que no estaba sola en su lucha contra Rafael. Pero también comprendía el peligro: si Rafael descubría que Bruno estaba vivo, terminaría lo que empezó en aquella carretera lluviosa.

Al llegar a la mansión, Rafael la esperaba en la puerta. Su sonrisa era más amplia de lo habitual, pero sus ojos estaban fijos en su bolso.

—¿Te divertiste en tu paseo, querida? —preguntó, acercándose para darle un beso en la mejilla, que supo a ceniza—. Te noto... diferente. Tienes un brillo en los ojos que no te veía desde hace quince años.

—Es el aire de la ciudad, Rafael —respondió ella, sosteniéndole la mirada con una nueva valentía—. Me ha ayudado a recordar quién soy.

Rafael entrecerró los ojos, y por un momento, la máscara del esposo devoto estuvo a punto de caerse. —Ten cuidado, Valeria. A veces, recordar es solo otra forma de volver a sufrir.

Valeria pasó de largo, subiendo las escaleras hacia su habitación. Mientras subía, sintió el peso del reloj roto en su bolso. Rafael creía que tenía el control del tiempo, pero las manecillas de Bruno estaban a punto de comenzar a moverse de nuevo.

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