El asfalto que conducía a la Clínica Costa Azul parecía el espinazo de un monstruo dormido bajo la niebla marina. A pesar de haber burlado el primer cerco de la policía gracias al sacrificio de su placa, Bruno Olmos sabía que la patrulla no los llevaría mucho más lejos. El Juez Horacio ya había detectado la anomalía en las transmisiones de radio. La cacería humana ya no solo buscaba a Rafael Varga; ahora, Bruno era considerado un cómplice, un traidor al uniforme que había portado con orgullo ci