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La mañana en que todo volvió a ponerse del otro lado del eje, me desperté con el estómago revuelto. Nada extraordinario: una molestia sorda, un peso que no encontraba cómodo. Me duché sin ganas y bajé a desayunar con Román y Eva, como de costumbre. Ella no se movería de la mansión hasta que Camila fuera detenida y la fiscalía cerrara los últimos hilos. En la mesa nos esperaba mi desayuno favorito: pan tostado crujiente, fruta cortada, café fuerte, un pequeño vaso de jugo de naranja recién expri
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