El aire dentro del nuevo laboratorio era pesado, cargado con el olor metálico del fundente y el calor residual de los hornos.
Seraphina, con el rostro manchado de hollín y los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño, no apartaba la vista del crisol.
Durante un mes entero, ella y Chloe se habían recluido en aquel refugio industrial, siguiendo al pie de la letra las crípticas pero brillantes instrucciones de Volkov.
El proceso fue un calvario técnico.
El coste de los materiales —especialm