El estudio de diseño de Seraphina era el único lugar donde el aire no se sentía viciado por las mentiras de los Blackwood o la crueldad de los Sinclair.
Sin embargo, esa mañana, la pulcritud de su mesa de trabajo estaba invadida por cables, una computadora portátil de alta gama y el rostro preocupado de Chloe.
—Lo tengo, Sera —dijo Chloe, tecleando con una velocidad furiosa—. Mi contacto en el sector de suministros me dio el nombre del técnico que estuvo de turno en el Grand Imperial. Se llama