Alaric Blackwood acababa de cruzar las puertas giratorias, regresando del aeropuerto con el alma hecha jirones y la mirada perdida en un punto inexistente.
El eco del motor del avión de Seraphina aún vibraba en sus oídos como una sentencia de muerte.
Sus empleados se apartaban, bajando la cabeza, detectando el aura de desastre que emanaba de su jefe. Pero hubo alguien que no se apartó.
Chloe estaba apoyada contra el mostrador de mármol de la recepción, con los brazos cruzados y una expresión de