El aire en la Torre Blackwood se había vuelto irrespirable.
Alaric no estaba de buen humor; de hecho, las cosas no podían estar peor.
Las palabras de Chloe, cargadas de una verdad que él se había negado a ver durante trece años, no dejaban de martillar su cabeza con la cadencia de un verdugo. —sus dudas, su frialdad, su ceguera— no hacía más que molestarlo, provocándole una náusea existencial
Iría por su esposa.
Aunque ella parecía decidida a abandonarlo, aunque lo hubiera mirado con esa indife